La vía láctea (crónica para revista BLA)

tapa blaLa leche está en la taza, recién salida de un sachet que horas antes ocupaba espacio en la góndola de un supermercado. Aunque es complicado imaginarlo, hace apenas tres o cuatro días no era leche sino pastura de un campo ubicado, con seguridad, a varios kilómetros de distancia de la góndola y la mesa. El camino parece a veces una odisea. Además de los factores biológicos de la conversión de pasturas y otros alimentos en leche, inciden los climáticos (especialmente cuando escasea el agua, pues es agua el 87% de la leche) y los económicos tanto nacionales como internacionales, entre otros muchos. Uruguay, que produce cada vez más leche, sin embargo tiene cada vez menos productores y menos área dedicada al sector.
((Leer en revista BLA))

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Ridículamente pragmático

Hace unos días escuchaba a licenciados en Ciencias de la Comunicación ridiculizar la licenciatura en Desarrollo. No tiene nada que ver, pero sucedió en una escena lejana. Leía a Guillermo Abiols preguntarse ¿qué queda cuando se desvanecen las utopías?, para responderse de inmediato: “En lugar del futuro, el ‘presente’ y algo del pasado”. Seguir leyendo

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Sangre nuestra

Fue con un cuchillo Tramontina. Un cuchillo de sierra con mango de madera. Un cuchillito de mierda, de los de almorzar. Tampoco necesitaba mucho más que eso. Ella era demasiado flaca e inquietantemente débil, y los brazos de él por ese entonces estaban por demás firmes, rígidos, desbordantes, como tallados.

Le atravesó el corazón y alcanzó a tajearle el pulmón izquierdo.  El forense me explicó que fue cruzado, desde el centro hacia la izquierda, con una inclinación de unos 45º en relación al pecho, y levemente desde arriba hacia abajo. El abrazo por atrás, la cola del mango atrapada por el pulgar, la hoja que aparecía desde el meñique, cerrado, y el movimiento que consiguió ella al querer zafar, llevaron a que haya sido de ese modo.

Al forense lo encontré en el casamiento del vasco Coechea, uno de los dueños del diario. Estábamos, solos, fumando afuera. Me contó que “el del accidente del mediodía presentaba otorragia bilateral”, es decir sangrado de ambos oídos, lo que suele indicar que hubo fractura de cráneo.

Dada la conversación, la confianza que nos teníamos a partir de nuestras charlas casi diarias desde que me habían puesto a hacer policiales; que él venía con dos o tres güisquis arriba y que del caso en cuestión ya habían pasado más de cinco años, aproveché para preguntarle cómo había sido. Nunca supe los detalles. En mi familia no habían interesado y los diarios, que son los que comúnmente profundizan para que después repitan las radios, se habían limitado al “drama pasional”. Indagaron muy poco, porque de algún modo yo andaba en el medio. Desde luego era una interrogante que en las primeras semanas no recorrió mi cabeza. Bastante tenía con saber que, a dos días de casarme, asesinaron a mi novia, con el adjunto, renglón seguido, que me estaba cagando a guampas.

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Es Castro

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restos de Julio Castro en el batallón 14 (foto extraída de espectador.com, sin datos de autor)

‘El lápiz Fáber virgen y agresivo’

El banco fijo, y el colectivo

Langostas, Basilio, armaos

Quijano y la tinta, Ardao.

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Teclas, tizas, misiones

razones, pasiones, prisiones.

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La muerte, la espera sin rastro

la angustia, su alumno, los años

la historia (que es muda), el engaño.

La tierra, los huesos, y es Castro

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El Milagro

El maracanazo fue ‘tragedia nacional’ en Brasil. También en Uruguay se convirtió en un mojón histórico, aunque, al menos al principio, en las antípodas de lo que representó el 1-2 en las cabezas de los habitantes del monstruo sudamericano.
‘Al menos al principio’ porque con el correr de los años el país conservó de tal modo la marca de esos 90 minutos, que una buena porción de la intelectualidad vernácula comenzó a argumentar que la hazaña deportiva en realidad fue una suerte de revés en la identidad, casi una matadura en el lomo.

Se tejió una catarata de historias entorno a lo que pasó el 16 de julio de 1950. La mayoría, o casi todas, refiriéndose directamente a los jugadores, los espectadores, los brasileños en los bares con ‘Obedulio’, los relatores, los organizadores y todo aquel que de un modo u otro tuvo algo que ver con esa fiesta abortada o milagro inesperado.

maracanazo

Festejos de jugadores de Uruguay en Brasil, en Maracaná, en 1950 (foto de Alfredo Testoni)

De todos los asombrosos relatos, el único que conservo bien alimentado y adornado es el que tiene como protagonista a mi abuelo Juan Carlos, “El Tongo”, a La Cruz y especialmente al centenario almacén que sirvió de tablas para las mejores escenas de mi infancia.

Siempre preferí no preguntarle si efectivamente todo ocurrió como lo cuentan o si sólo ha sido una muy buena invención perfectamente acordada y coordinada de la que soy víctima; con seguridad allí radica mi temor.

El caso es que en La Cruz no podía haber más de una decena de radios en 1950. No es raro entonces que el bar, peluquería, casín, semillería y hasta santigüería que se presentaba como ‘almacén de ramos generales’ de don Juan Carlos Martínez, se haya convertido ese día en una especie de escenario de megaevento, de acuerdo a las proporciones del pueblo.

El empate, se sabe, dejaba a Brasil con la copa. El gol de Friaça a dos minutos de arrancado el segundo tiempo, entonces, agravaba el panorama. El abuelo, don Juan Carlos, hombre de salir a cortar la tormenta con una cuchilla, decidió que era momento de tomar cartas en el asunto. Fue hasta el fondo del almacén y desempolvó un cuadro de San Cono, el icono milagroso de Florida aún para los que no tenemos más religión que las pastas de los domingos y el fútbol 5 de los sábados.

Ante la desentendida platea fue hacia afuera, mirando para atrás recién cuando llegó a la puerta. Sin decir mucho –algo extraño en él y en buena parte de su descendencia- organizó, en menos de cinco segundos, lo que se había propuesto en no mucho más de uno: una procesión. Levantó el cuadro de San Cono con las dos manos tal como levantan las copas los campeones y encabezó así la más improvisada de las peregrinaciones. Salió a recorrer el pueblo, y el pueblo, o todo el pueblo que había cabido en el almacén, lo acompañó. Al partido le estaban quedando algo así como treinta minutos, y como con el empate Uruguay no festejaba nada, esa decisión colectiva no era otra cosa que un acto de fe desesperada. El caso es que salieron. Iban a bordear el pueblo para regresar por la avenida que muere donde años después los despropósitos del hombre con tal de homenajear colocaron un busto de Artigas encima de un monolito que desde mucho antes estaba recordando el pacto de 1897, lo que le da pie al cruceño Flaco Moreno, narrador oral que recorre el continente con sus historias, a iniciar sus rutinas diciendo que viene de un pueblo tan chico que tiene dos monumentos, y hubo que poner uno arriba del otro.
Alcanza con haber pasado una vez frente a La Cruz para saber que veinte minutos son suficientes para dar la vuelta entera al pueblo, y hasta da tiempo de entrar al otro bar, el de Pepe Pérez, para comprar hojilla, tabaco y fósforos.
El abuelo –por ese entonces padre de dos de los tres varones que le daría la vida- estaba por completar la vuelta cuando tropezó frente a la estación, al intentar cruzar los rieles de la vía. Cuando uno está por llegar al andén, si no va muy atento es fija que tropieza. Y el abuelo tropezó. Cayó con el cuadro de San Cono. Los codos fueron el tren de aterrizaje; el vidrio del cuadro estalló en mil pedazos. Inesperadamente un par de parroquianos tuvo la misma reacción espontánea: antes de ayudar al Tongo a levantarse, los dos tiraron monedas arriba del papel impreso, desprotegido ante la rotura del cristal. Y mientras el abuelo se incorporaba llovían monedas y más monedas, tantas que fue necesario poner la mano debajo para que el papel aguantara.
De la estación al almacén no queda ni una cuadra, así que, aunque algo sentido por la caída, el portador de la imagen terminó sin problemas de completar el recorrido.

El partido entraba en los últimos diez minutos. La procesión estaba por pasar la puerta para acomodarse en las sillas o acodarse al mostrador. Casi adentro del boliche uno de los baqueanos pegó un chistido potente y seco que, cuando lo cerró exclamando “¡hagan silencio carajo!!”, consiguió esfumar el murmullo. Llegaron a entender a Solé, enloquecido, hablando de alguien que se había “escapado” y tirado “en acción violenta”. Quedó todo más claro cuando dijo que “la pelota rasante al poste escapó al contralor de Barboza y anotó a los 34 minutos Ghiggia el segundo tanto para Uruguay. Uruguay 2, Brasil 1. Autor del tanto Ghiggia a los 34 minutos…”.
Como no es difícil imaginarlo, la procesión abarrotada en la puerta explotó en un festejo cerrado, mientras el abuelo -ya adentro del almacén- caminaba como entumecido o afectado por un virus zombi, bajando las manos que portaban el cuadro achanchado en monedas. Sin perder esa calma atónita lo colocó en el mostrador y se sentó en una de las sillas, con la mirada hacia afuera, como hipnotizado por los álamos de la vereda de escuela que está frente al almacén, cruzando la ruta.
Mientras corrieron los minutos que le quedaban al partido siguió congelado, mientras el entorno era un caldo de nervios, alegría, tensión y todo estado posible ante una situación similar, si es que hubo o va a haber otra parecida.
Cuando todos escucharon lo que estaban esperando escuchar, la explosión fue diferente: esta vez hubo gritos, llantos, carcajadas, saltos y abrazos, mientras el abuelo seguía duro, rígido, obnubilado, como ido.

La fiesta duró todo lo que tenía que durar y el vino, que en La Cruz abundó durante un siglo, regó lo que tenía que regar.
El 17 de julio de 1950 el pueblo amaneció diferente, como amaneció también el país. En el caso puntual de La Cruz, la primera imagen que vio el sol fue la de Juan Carlos Martínez subido a una escalera clavando en la fachada del almacén un cartel con pintura todavía fresca: “El Milagro”, decía. Ese fue el nombre que llevó el boliche hasta que la edad del dueño pidió jubilación, muy poco antes de que terminara el siglo XX.
El letrero que rezaba “Almacén de ramos generales ‘El Milagro’, de Juan Carlos Martínez” –uno que esponsorizó Coca Cola desde fines de los ’80, permaneció hasta no hace demasiado, bajándose recién cuando un forastero arrendó el local para poner una pizzería que, como cabía esperar en La Cruz, no prosperó. El nuevo emprendimiento se llevó con él las tablas del piso, los carteles metálicos de la fachada anunciando aceites y cervezas que habían desaparecido antes de la dictadura, y se llevó también la postal del ladrillo visto virgen, comido por lluvias y soles de más de un siglo. El inquilino los había pintado, “para que quedara más vistoso”, según argumentó. Todo eso fue unos años después de que el productor Fernando Epstein hiciera soñar a La Cruz con la posibilidad de filmar allí Tokio-Boogie, una película que necesitaba como escenario todo un pueblo anclado en el ’50. La Cruz era, al menos hasta los dos o tres primeros años del nuevo siglo, el lugar indicado para hacerlo.

Pasó la vida de bolichero del abuelo, pasó la posibilidad de la película y pasaron varios emprendimientos comerciales entre esas cuatro paredes. Únicamente quedó la carcasa del almacén y, en la familia, la historia de por qué se llamaba El Milagro. Es la misma historia que, para los que participaron de la procesión y le tiraron monedas a San Cono, explica porqué Uruguay salió campeón del mundo en el ’50, más allá que los Obdulios, los Ghiggias y los Schiaffinos se hayan quedado con las mieles de la gloria y con las mejores narraciones de lo que ocurrió ese día.

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La visita locataria*

El Tanque sale a “hacer un negocio redondo” como local en una ciudad en la que todo el fútbol vernáculo vende unas 600 entradas cada fin de semana. Promete camiseta albrirroja, como la de Florida, y admite que el fin es económico, aunque Freddy Varela evoca “una deuda con San Cono”

estadio

Estadio Campeones Olímpicos (foto Alexis Trucido)

Florida tiene un acceso con una virgen y una bandera; un monte de eucaliptus con gente sentada en sus autos mirando el estremecedor espectáculo de ver otros autos pasar por la ruta; tiene un frigorífico cerrado y un elegante puente de hierro que muere en una piedra sobre la que, se supone, hace 187 años se declaró la independencia nacional; un parque de flora nativa que es ribera de un río que para los del Yí más bien es un arroyo, y un prado repleto de sombras y caminos que si bien nadie lo celebró, el año pasado se convirtió en centenario.  Allí suele estar la mayor parte de la población de Florida que sale a ‘hacer algo’ un domingo a la tarde. Ir al prado es la principal opción, cuando no ‘la opción’. A cinco cuadras del prado Florida tiene un estadio, con césped resembrado hace un lustro y un piso más que aceptable, además de un estacionamiento amplio detrás de un arco, como para ver el partido sentado frente al volante. Hoy Florida tendrá un equipo que será local, y otro que será visitante, al igual que el local. Difícil es saber si habrá mucho público. Lo único posible de garantizar es que esté Ramón, el manicero, y que prueben suerte los pancheros, que en Florida pululan. No tan cerca del estadio está San Cono, que, aseguran, algo tiene que ver con esta nueva opción que tendrá la ciudad.

En el manual de intento de floridización del Tanque Sisley se va a escribir esta tarde el primer capítulo. El Tanque, que a una semana del campeonato no se sabía dónde iba a jugar, va a ‘recibir’ a Bella Vista, que en esa misma semana previa no sabía si iba a jugar. El escenario no es el mejor, pero le han puesto actitud. El intendente Carlos Enciso y el presidente del club, Freddy Varela, se han encargado de asegurar con insistencia que el negocio es redondo por donde se lo mire. Varela, que si bien en principio le puso poesía  a los porqués del Tanque en la Piedra Alta recordando una promesa que le hizo a San Cono por un combo de ascenso y no descenso,  admitió finalmente a los medios de estas latitudes que el trasfondo es fundamentalmente económico. “Los costos de Montevideo son enormes entre policía, boleteros, etc. Si (en Florida) vendemos quinientas entradas ya ganamos plata; en Montevideo, si vendemos 700 perdemos 50 mil pesos”, explicó, después de haber comenzado la argumentación por las razones sanconeanas, las mismas que llevaron un año atrás a que el equipo llegase a tener la imagen del santo en la camiseta, hasta que un juez le sacó amarilla.

Enciso, por su parte, se afirmó en el 10% de la recaudación que quedaría para la liga local; en los precios acordados para que los floridenses puedan ir (las entradas se venden a 100 pesos); en “el movimiento” que va a implicar para la ciudad que vengan hinchas desde la capital del país; y en que la ciudad y el departamento van a tener algo que no tenían. Fútbol hay, pero local. En la A de Florida se venden, sumados todos los encuentros del fin de semana, unas 600 entradas; un público movido por motivos más bien pasionales, de sentido de pertenencia a una institución o familiaridad con jugadores, que por motivos racionales, de disfrutar de un espectáculo o complacerse de una serie de toques precisos y electrizantes carreras. Estos últimos motivos racionales deberán, entonces, encargarse de llevar gente hasta el Campeones Olímpicos, estadio que cuando la selección albirroja viene pintando bien puede recibir mil espectadores o más por partido, al punto de que es redituable ser concesionario de la venta de refrescos y choripanes. Por las dudas El Tanque, sin dejar de ser el Tanque, prometió a través de su presidente escribir el segundo capítulo del manual de floridización jugando con una camiseta alternativa roja y blanca, a ver si la pasión cabe.

En Florida no ser de Peñarol ni de Nacional es para una minoría casi imperceptible. El lácteo Germán Segredo era un bicho raro con camiseta de Danubio en su adolescencia, como lo sigue siendo un par de amigos de quien esto escribe, o un vecino al que le escuchaba gritar goles de Defensor y otro, casi segundo padre, que tenía en su escritorio un recorte de diario de Marcelo Tejera con la violeta auspiciada por Credisol. Daniel Ayala, a esta altura floridense, es de Huracán Buceo, pero hoy algo desteñido con otros “trico”. No alcanzo a contar diez que no sean de los ‘grandes’. En ese marco, saber de antemano que ni Peñarol ni Nacional vendrán, es un golpe duro. “Vamos a ser honestos. Acá más de 5 mil entradas no podemos vender”, dijo Freddy Varela, que también habló de problemas de seguridad. Al menos habrá Defensor, Danubio y Liverpool. Si algunos de esos partidos se televisa no habrá estática floridense, pero al menos un spot sobre el departamento, que es todo lo que le pudo retribuir Tenfield a cambio.  

A pesar de todos esos pesares, va a ser el primer partido por el ‘fútbol profesional’ en Florida. La experiencia de Rentistas, que ascendió en el Campeones Olímpicos en 1996, no contagió a la ciudad. Ahora no es la B. La suerte de que se escriban más capítulos dependerá de cómo le vaya yendo al Tanque en el campeonato. Eso, parece, suele depender de San Cono

* texto completo de la versión publicada en La República

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“Pensamientos no son ni cortos ni largos porque las polleras sean cortas o largas”

Publicado en La República, en julio de 2009 *

Desde que el 7 de julio de 2005 asumió el nuevo cuerpo de la Junta Departamental de Florida, a más de un edil le ha resultado difícil permanecer indiferente ante el paso de su par frenteamplista Jacqueline Dárdano. Aunque hayan pasado cuatro años de sesiones y más sesiones, la escena parece seguir activando los mismos reflejos que el primer día. De tacos como precipicios, vestidos que como largos terminan una cuarta por encima de las rodillas, y escotes por demás generosos que parecen invitar a observarlos intermitentemente, Dárdano se dirige a su escaño sabiendo que jamás pasa desapercibida. Lo mismo sucede cuando atiende su autoservice en Sarandí Grande o sale caminando de su casa. Lo raro es cuando no se presenta así. Hay quienes le llegan a preguntar qué le pasa.

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Jacqueline Dárdano (foto de su blog, sin datos de autor)

A Jacqueline Dárdano le gusta ser llamativa, de hecho no duda en publicar fotos posadas o producidas en sus diferentes blogs, en los cuales además se explaya en una de las facetas con las que más cómoda se siente: la de escritora. Pero sus características salientes no son sólo esas. Es la primera edila del sector más votado del Frente Amplio y de acuerdo a la tradición deberá ser la próxima presidenta de la Junta Departamental. Pero, explica, no le importó mucho asegurarse ese primer escaño no moviéndose un ápice de la línea que trazaba el ejecutivo de su sector o la Mesa Política de su partido. Prácticamente desde que asumió no ha medido costos políticos a la hora de señalar públicamente omisiones y errores de miembros del gobierno departamental y nacional. Eso explica tal vez que haya sido postergada en la lista de candidatos a la Convención Departamental, hecho que generó su renuncia al MPP. Como agregado, el intendente duraznense Carmelo Vidalín no ha dudado en ir a visitarla, exponiéndose ambos sentados en la vereda junto a una moto matriculada en Durazno, de lo cual hay registros gráficos que la propia edila se ha encargado de colgar en uno de sus álbumes en Facebook. Dárdano desmiente que en los próximos comicios la vayan a ver en una lista nacionalista, raíz que tampoco le incomoda si se toma en cuenta que arribó al Espacio 609 a través de la Columna Masoller, a la cual sigue perteneciendo aunque haya dejado el MPP. Jura y perjura que seguirá en el FA. “De los tres partidos mayoritarios que tiene este país sigo entendiendo que al que le preocupa más la causa de los sectores más humildes es al Frente Amplio”, señala.

Indiscutiblemente llamativa

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Jacqueline Dárdano (foto de su blog, sin datos de autor)

Maquillada y con el pelo siempre arreglado desde que se levanta hasta que se acuesta, Dárdano admite que su look y su vestimenta actúan como llamadores. Pero asegura que no le dedica tanto tiempo como parece. “En menos de cinco minutos estoy lista. El maquillaje es de dos rayas en los ojos y un lápiz de ojos en la boca, con el que me hago el borde. No mucho más que eso”.

Se reconoce “elegante” y admite que los factores estéticos son elementos de peso en su vida. “Yo así me hallo auténtica. Esa es mi autenticidad. Desde los 11 años fui empleada doméstica. A los 15 iba a trabajar de tacos como doméstica. Al liceo iba pintada. Siempre fui un poco diferente. Nunca entendí por qué una persona en su casa, para sentirse bien, no se puede poner lo que le gusta. Yo hice tambo, y eso lo saben bien en Pintado, y lavaba los tarros con una bota que tenía un taco de quince centímetros. Podés estar linda y trabajar igual”.

En el liceo ya jugaba a no pasar desapercibida, lo que le valía en parte algunos reparos de su entorno. “Yo tenía el pelo hasta la cintura, morocho, así que fijate lo que fue cuando aparecí con el pelo rubio, pero rubio blanco, todo con mechones parados y bastante más corto. Mis amigas no querían ir conmigo a la puerta del liceo, así que hacete una idea”.

Además, como parte de “la autenticidad” que subraya, adapta el maquillaje a su fisonomía. “Tengo una cara con rasgos africanos y me gusta destacarlos de determinada manera”, apunta.

“Me siento más segura de mí misma cuando estoy de taco y como siempre fui, con alguna pollera corta y algún escote. Los pensamientos no son ni cortos ni largos porque las polleras sean cortas o largas. Soy consciente de que llamo la atención y asumo que me gusta ser llamativa, y me encanta tener amigas llamativas. Creo que el problema es que las mujeres no siempre asumen su femineidad. Claro, tampoco hay que dejar de lado la hipocresía de esta sociedad, la lamentable hipocresía de esta sociedad que cuando ve una mujer de pollera corta piensa que está en venta y encima que cualquiera puede comprarla.

Dárdano asegura que “para nada” es una barrera el comentario de las vecinas cuchicheando que “está toda emperifollada”. “Me importa un bledo”, indica, y comenta que cuando no está así también llama la atención. “Los vecinos me ven siempre salir así. El día que no ando arreglada, pintada y de tacos, lo primero que me preguntan es si tengo algún problema”.

Sus artesanías de presos políticos

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Jacqueline Dárdano (EMM, junio 2009)

Electoralmente Dárdano siempre ha estado en el Frente Amplio, fuerza de la cual es adherente desde mucho antes de poder votar. “Tenía una conciencia política muy fuerte”, comenta, y explica que un militante frenteamplista siempre la recuerda ingresando de la nada a un comité, en el 84, cuando tenía 16 años, “para darles un sermón bárbaro a los que estaban ahí. Yo no me acuerdo muy bien, pero él asegura que los dejé a todos callados, pensando, me di media vuelta y como entré, salí, sin esperar respuesta”.

En su familia no necesariamente había una referencia de izquierda. En plena dictadura, su padre era soldado. “Fui hija de milico. Me acuerdo de las artesanías en hueso que mi padre me traía del Penal de Libertad. A pesar del uniforme de mi padre, yo pensaba más bien en quiénes habían hecho esa artesanía, preguntándome quiénes serían, en qué condiciones estaban, por qué estaban allí, etcétera. Pienso en eso y me bloqueo”.

Reconoce que su gran referencia política en la juventud era el médico Rómulo Rodríguez, integrante del MLN y preso durante buena parte de la dictadura.

Si bien siempre votó al FA, fue una suerte de devota de la imagen de Aparicio Saravia. Recuerda que en aquel momento, aún en la década del 80, el hoy dirigente de Alianza Progresista y en ese entonces edil blanco por el Movimiento Nacional de Rocha Leonardo Arrillaga, trataba de convencerla para que militara en el Partido Nacional. Varios años después Dárdano terminaría casada con un dirigente nacionalista que actualmente es el primer suplente del diputado Alvaro Vega (MPP).

“No tuve formación ideológica alguna”, subraya, resaltando que siempre se manejó “por conciencia social”, la misma que la llevó a convencerse, y a seguir afirmando hoy, que “de los tres partidos mayoritarios que tiene este país, al que le preocupa más la causa de los sectores más humildes es al Frente Amplio”.

También actuó en el campo sindical, representando a los obreros curtidores en la Intersindical de Florida. Recuerda haber recorrido la campaña floridense conversando con peones rurales para ayudar a organizarlos.

‘Raspa’ afuera y adentro

El sello de Dárdano es su total soltura para criticar públicamente a actores de su fuerza política, fundamentalmente quienes ocupan cargos de gobierno. Esa actitud le ha costado enfrentamientos con frenteamplistas de varios sectores. Ella defiende su estilo, señalando que siempre que ha actuado así lo ha hecho trasladando planteos de quienes aguardan señales concretas desde la clase política. “Las personas que nos han votado lo han hecho sabiendo a quién votan y por qué. Yo no voy colgada al cartelito de nadie. Ser funcional a no hacer olas en determinados momentos hubiese sido quedar muy lindo con la fue
rza política, pero sería traicionar a mi gente. Yo me someto a los designios de mi gente antes que a los designios de la fuerza política”, señala. “¿Qué sentido tendría estar en una lista por haber bajado la cabeza durante cinco años y haber dicho amén a todo? Eso haría que el que en la escala jerárquica esté encima mío confíe ciegamente en mí porque yo le voy a decir a todo que sí y le voy a hacer todos los mandados. Yo no estoy acá para hacerle los mandados a ningún diputado ni a ningún senador”.

Los enojos suelen llegar por las demoras en obras, a veces muy pequeñas, que necesitan ser concretadas de modo urgente. “Yo sé lo que es necesitar las cosas con urgencia. Hay cosas que precisan de soluciones concretas e inmediatas, y eso es lo que hace que no mida costos políticos en algunas búsquedas. No hay cargo ni autoridad ni nada que me diga ‘no podés hablar’. Es que cuando uno pide en nombre de personas que están pasando lo que vos mismo pasaste, de lo que te acordás tanto y lo llevás en la piel, no entendés de tiempos, burocracias y un montón de cosas más. Ahí pasa que uno termina exponiéndose y paga un precio. Pero no me importa. Estoy convencida de ser así, porque yo viví en un ranchito con piso de tierra. Las urgencias eran para ahora”.

En ese contexto, ingresa al delicado y perverso territorio de sentirse una representante del pueblo que “le presta la voz a los más humildes”.

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* Tuvo el extraño mérito de ser, durante años, la nota más leída de la edición web de La República

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